03 diciembre 2010

La desaparición de Mor.*

Julio Espinosa Guerra
 | 
Zaragoza
 | 02-12-2010 - 7:01 pm.




Hay una máquina de lectura que se llama Dolan Mor. Esta máquina de lectura tiene una característica particular: paralelamente a dicha lectura, compulsiva casi, produce símbolos que sustituyen al otro leído, es decir, el objeto desaparece en una producción/creación textual, que en último caso no pasa de ser la sustitución, el intercambio de dicho objeto por un ente ficticio –la escritura– que debe facilitar el acercamiento de los otros a dicho objeto, aunque dicho acercamiento no pase de ser, en sí mismo, un fantasma del objeto real y de lo que éste ha provocado en la máquina lectora de nombre Mor.
Esta máquina lectora es capaz de actualizarse dentro de su propio proceso; actualización que conlleva la superación de su propia capacidad lectora y que para realizarse requiere de manera necesaria, la expulsión del antiguo cuerpo de signos de su interior. Dichos cuerpos/deposiciones tienen el nombre convencional de “libros” y esta máquina, exquisita y exigente en su hacer, se moderniza a una velocidad difícil de asimilar para quienes la rodean. Es así como en pocos años ha ido expulsando diferentes “lecturas” de su entorno, como lo son los libros El plagio de Bosternag, Seda para tu cuello, Nabokov's butterflies,Los poemas clonados de Anny Bould, El libro bipolar, La novia de Wittgenstein, El idiota entre las hierbas y esta última deposición, que hoy nos congrega como a paleontólogos que observan la evacuación fósil de un animal ya extinto, denominada La dispersión, probablemante el cuerpo textual más exigente de todos los realizados hasta ahora.
En ella el autor nos plantea una lectura de lecturas, en la cual el objeto leído pasa a ser la propia experiencia lectora o, dicho de otro modo, el alma de la lectura: esa manera de darle cuerpo a lo real en palabras, que no es más que la dispersión de lo otro leído, la desaparición en una convención de signos de su referente durante el proceso. Esta máquina lectora ha llegado a tal grado de sofisticación, que primero entendió que la aceptación del cuerpo textual existente era la peor lectura de lo otro y a partir de ahí no se ha cansado de buscar la lectura más perfecta (diferentes degluciones, diferentes digestiones), hasta llegar a la conclusión de que dicha lectura perfecta no existe sino como una sombra de lo leído: no el animal extinto, sino el fósil de la lectura del propio animal, donde el menú no es la comida.
Cuando, como receptores de la lectura de esta máquina (y nunca, lectores: esa capacidad nos es negada a la mayoría), intentamos desentrañar sus signos, nos encontramos con un proceso de autorreferencialidad, no hacia la máquina de lectura sino hacia la creación del signo lector, que hace de la sombra el objeto de estudio, de poetización, el objeto estético, que fascina y desasosiega a Mor. Sombra que no es lo otro leído, aunque en su esencia o, mejor dicho, en la destrucción de su esencia, lo podamos encontrar aunque sea fugazmente.
De esta manera, todo el libro/deposición se transforma en un proceso de regurgitación, de antropofagia, donde el objetivo es la aniquilación del signo tal cual lo conocemos, para poder mostrar un rastro siquiera del objeto otro. Ejercicio que en este libro se lleva al extremo del deseo de desaparición del propio yo poético como productor de cuerpos textuales y que al mismo tiempo esconde el deseo de una resurrección purificada de ese yo en la hoguera del propio discurso.
Es dentro de este proceso de re-creación que es toda lectura y, en especial, una lectura de lecturas, dentro del deseo de superación de la dispersión que quiere representar esta obra, que se presenta como un hecho fundamental el negativo especular que representan las hojas pares: se trata por un lado de un juego y, por otro lado, de la superación de la textualidad para dar paso a la mera sombra o, dicho utilizando de referencia la cita de Blanchot que esta máquina textual utiliza como “programa de inicio”, un acercamiento al cuerpo invisible del objeto otro leído y que ya en este texto sin texto, vuelve al estado de pureza, de difuminación ya no de la materia en su ocaso (senectud), sino de la semilla que sirve de menú a un pájaro y que luego, vuelve a la tierra en la deposición, para renacer desde sus cenizas. En todo caso, una autoironía, la constatación de la imposibilidad de toda recreación: el fracaso de la escritura como lectura válida de su referente, el paso necesario a la aniquilación ya no para la recreación, sino para la llegada al silencio elocuente o al libro total, del que también Blanchot nos ha hablado.
De este modo, La dispersión se nos presenta como el fracaso del cuerpo lector en su deseo de representar al otro más allá de la propia subjetividad. El vuelo de un moscardón sobre un campo minado, que busca con la aniquilación de sí mismo, la desaparición, en su detonación, de dicho campo para dar paso a un horizonte que las minas no dejan ver.

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